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Rrose Sélaby

18 de febrero de 2018




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Stephen Jay Gould: Ser un ornitorrinco

5 de febrero de 2018





Hace mucho tiempo, el viejo y locuaz Polonio exaltaba la brevedad como el alma de la sensatez, pero fue la tecnología posterior, y no la dulce razón, la que ganó a la postre y estableció la condensación verbal como una forma de arte en sí misma. El telegrama, enviado al instante y pagado al contado según las palabras, hizo la brevedad a la vez elegante y económica; y la palabra telegráfico entró en nuestro lenguaje para significar un estilo que transmite estrictamente lo esencial y nada más.
El premio por transmitir el mayor significado con la menor verbosidad debe concederse seguramente a sir Charles Napier, quien conquistó la provincia india de Sind y anunció su triunfo, mediante un telegrama a sus superiores de Londres, con el mínimo pero completamente adecuado «Peccavi». Este relato, a su propia manera telegráfica, cuenta volúmenes acerca del orden social y de la educación de la Gran Bretaña imperial. En una época en la que todos los gentlemen estudiaban latín y en que difícilmente podían ascender en el servicio del gobierno sin el respaldo de los viejos amigos de extracción similar en escuelas públicas apropiadas, Napier nunca dudó que sus superiores recordarían la primera persona del pretérito perfecto del verbo peccare, y que traducirían adecuadamente su mensaje y su retruécano: He pecado.[57]
El telegrama más famoso de mi profesión no alcanzó ni mucho menos este admirable mínimo, pero debe recibir una mención honorífica por transmitir mucho en pocas palabras. En 1884, W. H. Caldwell, un joven biólogo de Cambridge, envió su célebre telegrama desde Australia a una lectura triunfal en la reunión anual de la Asociación Británica en Montreal. Caldwell telegrafió: «Monotremas ovíparos, óvulo meroblástico».
Este mensaje puede carecer del tañido de peccavi y los no iniciados podrían considerarlo un puro galimatías. Pero todos los biólogos profesionales pueden hacer la traducción y reconocer que Caldwell había resuelto un problema de historia natural particularmente pertinaz y fastidioso. En esencia, su telegrama decía: El ornitorrinco pone huevos.
(Cada una de las palabras del telegrama de Caldwell necesita alguna explicación. Los animales ovíparos ponen huevos, mientras que los vivíparos paren crías vivas; los animales ovovivíparos forman huevos en el interior de su cuerpo, y las crías hacen eclosión dentro de su madre. Lamento la jerga técnica en este punto tan inicial del ensayo, pero estas distinciones resultan importantes más adelante. Los monotremas constituyen el grupo más enigmático de mamíferos de la región australiana; incluyen el equidna espinoso, que en realidad son dos géneros distintos de hormigueros, y el ornitorrinco, habitante de ríos y arroyos. Un óvulo es una célula huevo, y meroblástico se refiere a un tipo de segmentación, o división inicial en células embrionarias, después de la fecundación. La yema o vitelo, la reserva alimentaria del huevo, se acumula en un extremo del óvulo, denominado polo vegetal. La segmentación empieza en el otro extremo, el llamado polo animal. Si el huevo tiene mucho vitelo, el plano de segmentación no puede penetrar y dividir el extremo vegetal. Un tal huevo presenta una segmentación incompleta, o meroblástica: división en células discretas en el polo animal, pero ninguna separación o muy poca en el polo vitelino. Los vertebrados terrestres que ponen huevos, reptiles y aves, tienden a producir óvulos con mucho vitelo y con segmentación meroblástica, mientras que la mayoría de mamíferos presentan una segmentación completa u holoblástica. Por lo tanto, al añadir «óvulo meroblástico» a «monotremas ovíparos», Caldwell subrayaba el carácter reptiliano de estos mamíferos paradójicos: no sólo ponen huevos, sino que los huevos son típicamente reptilianos por su vitelo).
A buen seguro, el ornitorrinco gana el primer premio en cualquier concurso para identificar al animal más curioso. Harry Burrell, autor del volumen clásico sobre esta anomalía (The platypus: Its discovery, position, form and characteristics, habits and lije history, 1927), escribió: «Todos los que han escrito sobre el ornitorrinco empiezan con una expresión de asombro. ¡Nunca hubo animal más desconcertante!». (Pienso que acabo de romper la tradición al empezar con el sublime Hamlet).
El ornitorrinco exhibe una combinación invencible de peculiaridades: en primer lugar, un hábitat raro con una forma curiosamente adaptada para hacer juego; en segundo lugar, la razón real para su lugar especial en la historia zoológica: su enigmática mezcla de caracteres reptilianos (o aviares) con otros evidentemente mamiferianos. Irónicamente, la característica que sugirió en primer lugar una afinidad premamiferiana (el «pico de pato») no respalda este significado. El hocico del ornitorrinco (el tema principal de esta columna) es una adaptación típicamente mamiferiana a la alimentación en aguas dulces, no una reversión a la forma ancestral, aunque el nombre formal del ornitorrinco encarna esta falsa interpretación: Ornithorhynchus anatinus (u hocico de ave anseriforme).
Los taxidermistas chinos habían embaucado (y defraudado) durante mucho tiempo a los marineros europeos con cabezas y troncos de monos cosidos a extremos posteriores de peces (un origen prominente de la persistencia de las leyendas sobre sirenas): en este contexto, difícilmente podemos reprochar a George Shaw su precaución al describir por primera vez al ornitorrinco (1799):
De todos los mamíferos conocidos hasta ahora parece el más extraordinario por su conformación, pues exhibe un parecido perfecto con el pico de un pato injertado en la cabeza de un cuadrúpedo. Tan exacta es la semejanza que, a primera vista, provoca naturalmente la idea de alguna preparación engañosa.
Pero Shaw no pudo encontrar puntada alguna, y el esqueleto era con toda seguridad discreto y de una pieza funcional (los huesos premaxilares de la mandíbula superior se extienden dentro del pico y le proporcionan su principal soporte). Shaw concluía:
Sobre un tema tan extraordinario como el presente, un cierto grado de escepticismo es no sólo perdonable sino laudable; quizá debiera reconocer que casi dudo del testimonio de mis propios ojos con respecto a la estructura del pico de este animal; pero debo confesar que no percibo apariencia alguna de preparación ilusoria… ni el examen más preciso de anatomistas expertos descubre superchería alguna.
El pico frontal pudo haber provocado la mayor sorpresa, pero el extremo posterior proporcionaba asimismo numerosas razones para el asombro. El ornitorrinco presentaba sólo una abertura, la cloaca, para todas las tareas excretoras y reproductoras (como en los reptiles, pero no en la mayoría de mamíferos, con su multiplicidad de orificios para el nacimiento y las distintas formas de excreción; monotremas, o «de un agujero», el nombre técnico del ornitorrinco y de los equidnas emparentados, hace honor a esta característica no mamiferiana).
Internamente, el enigma no hizo más que aumentar. Los oviductos no se unían en un útero, sino que se extendían por separado hasta el tubo cloacal. Además, como en las aves, el ovario derecho se había hecho rudimentario, y todos los óvulos se formaban en el ovario izquierdo. Esta configuración conducía inevitablemente a la hipótesis más perturbadora para los biólogos convencidos, como la mayoría lo eran en esta época predarwinista, de que la naturaleza estaba dividida en categorías estáticas y nada ambiguas. Sin útero, sin espacio interno para formar una placenta, un sistema reproductor de forma reptiliana; todo ello sugería lo impensable para un mamífero: nacimiento a partir de huevos. Los vecinos marsupiales, con sus bolsas y diminutos canguritos, ya habían puesto en entredicho el noble nombre de mamífero. ¿Produciría también Australia el desconcierto máximo de pelaje a partir de huevos?
A medida que los anatomistas estudiaban a este animal a principios del siglo XIX, el misterio no hizo más que acrecentarse. El ornitorrinco parecía un mamífero perfectamente bueno en todos los rasgos «típicos» no reproductores. Presentaba un pelaje completo y la rúbrica anatómica identificadora de los mamíferos: un hueso, el dentario, en su mandíbula inferior y tres, el martillo, el yunque y el estribo, en el oído medio. (Los reptiles poseen varios huesos mandibulares y sólo un hueso auditivo. Dos huesos mandibulares reptilianos se convirtieron en el martillo y el yunque del oído de los mamíferos). Pero los caracteres premamiferianos se extendían asimismo más allá del sistema reproductor. En particular, el ornitorrinco presentaba un hueso interclavicular en su cintura escapular, característica de los reptiles que no comparte ningún mamífero placentario.
¿Qué podía ser esta curiosa mezcla, más allá de una prueba divina de fe y paciencia? El debate se centró en los modos de reproducción, porque todavía no se habían descubierto los huevos y el telegrama de Caldwell se encontraba a medio siglo de distancia en el futuro. Cada una de las tres posibilidades alardeaba de sus vociferantes y célebres defensores, porque ningún gran biólogo podía eludir a una criatura tan fascinante, y todos los líderes de la historia natural entraron en la refriega. Meckel, el gran anatomista alemán, y su colega francés Blainville, predecían el viviparismo, afirmaban que nunca se encontrarían huevos y situaban a los monotremas entre los mamíferos ordinarios. E. Home, que describió por primera vez el ornitorrinco en detalle (1802), y el renombrado anatomista inglés Richard Owen, escogieron el camino de en medio del ovoviviparismo, y afirmaron que el fracaso en encontrar huevos indicaba su disolución en el interior del cuerpo de la hembra. Pero los primitivos evolucionistas franceses, Lamarck y Étienne Geoffroy Saint-Hilaire, insistían en que la anatomía no podía mentir y que el ornitorrinco había de ser ovíparo. Los huevos, afirmaban, acabarían por encontrarse.
Incidentalmente, Geoffroy acuñó el término monotréme en una interesante publicación que revela tanto sobre la historia social francesa como peccavi indicaba para la Gran Bretaña imperial. Este número del Bulletin des Sciences lleva la fecha Thermidor, an 11 de la République. Con el fervor revolucionario en su apogeo, Francia rompió todos sus lazos con el viejo orden y empezó a contar de nuevo a partir del año uno (1793). También redividieron el año en doce meses iguales, a los que rebautizaron en honor de las estaciones y no de los antiguos dioses y emperadores. Así, Geoffroy bautizó a los monotremas en un mes de verano (termidor) durante el año decimoprimero (1803) de la República (véase el ensayo 24 para más aspectos del calendario revolucionario francés).
Un solo incidente en las guerras anteriores a Caldwell servirá para indicar la intensidad del debate sobre los ornitorrincos durante el siglo XIX, y el alivio que supuso la resolución de Caldwell. Cuando los grandes naturalistas esbozaron sus posiciones y definieron el campo de batalla, no se habían encontrado glándulas mamarias en la hembra de ornitorrinco (un argumento aparente para los que, como Geoffroy, intentaban distanciar a los monotremas tanto como fuera posible de los mamíferos). Después, en 1824, Meckel descubrió glándulas mamarias. Pero como sea que los ornitorrincos no hacen nunca nada según las reglas, estas glándulas eran lo suficientemente peculiares como para provocar más debate que conciliación. Las glándulas eran enormes, y se extendían casi desde las patas anteriores a las posteriores; y no conducían a una abertura común, pues no pudieron encontrarse pezones. (Ahora sabemos que la hembra segrega leche a través de numerosos poros en una porción de su superficie ventral, de donde la cría de ornitorrinco la lame). Geoffroy, comprometido con el oviparismo y reacio a admitir nada que supusiera una crianza mamiferiana, contraatacó. Las glándulas de Meckel, afirmó, no eran órganos mamarios, sino homólogos de las glándulas laterales odoríferas de las musarañas, que segregan sustancias para atraer a la pareja. Cuando Meckel extrajo posteriormente una sustancia lechosa de la glándula mamaria, Geoffroy admitió que la secreción podía ser alimento de algún tipo, pero no leche. Las glándulas, afirmaba ahora, no son mamarias, sino una característica especial de los monotremas, que se emplean para segregar finas hebras de mucus que se engrosan en el agua para proporcionar alimento a las crías, una vez éstas han salido de los huevos todavía no descubiertos.
Entonces Owen contraatacó para apoyar a Meckel por tres razones: las glándulas son mayores poco después de la época de nacimiento que se infería (aunque Geoffroy esperaba lo mismo para el mucus utilizado en la alimentación). La hembra de equidna, que vive en la arena y es incapaz de engrosar el mucus en el agua, posee glándulas de la misma forma. Finalmente, Owen suspendió la secreción en alcohol y obtuvo glóbulos, como en la leche, no fragmentos angulares, como en el mucus (un interesante comentario sobre el estado rudimentario del análisis químico durante la década de 1830).
Geoffroy se mantuvo firme, tanto en lo referente al oviparismo (correctamente) como a la condición especial de las glándulas alimentarias (incorrectamente, porque son efectivamente mamarias). En 1822, Geoffroy estableció formalmente a los monotremas como una quinta clase de vertebrados, al mismo nivel que los peces, los reptiles (que entonces incluían a los anfibios), las aves y los mamíferos. Podemos considerar que Geoffroy era obstinado, y ahora ciertamente consideramos a los monotremas como mamíferos, aunque muy peculiares; pero presenta un argumento convincente y perceptivo que bien merece nuestra atención. No hay que hacer entrar con calzador a los monotremas en la clase mamíferos para hacer que todo sea nítido y evitar la discusión, arguye. Las taxonomías son guías de actuación, no dispositivos pasivos para la ordenación. Déjese a los monotremas separados y en un limbo incómodo, «lo que sugiere la necesidad de un examen ulterior [y] es mucho mejor que una asimilación a la normalidad, fundamentada en relaciones forzadas y equívocas, lo que invita a la indolencia, a creer y a dormitar» (carta a la Sociedad Zoológica de Londres, 1833).
Geoffroy mantuvo también viva la llama del oviparismo, argumentando que la cloaca y el aparato reproductor no permitían otra interpretación: «Tal como es el órgano, así debe ser su función; el aparato sexual de un animal ovíparo no puede producir otra cosa que un huevo». De modo que Caldwell llegó a Australia en septiembre de 1883, y finalmente resolvió el gran debate, ochenta años después de su comienzo.
Caldwell, aunque acababa de graduarse, actuó siguiendo el gran estilo imperial (pronto desapareció del panorama biológico y se convirtió en un próspero hombre de negocios en Escocia). Empleó 150 aborígenes y recolectó cerca de 1.400 equidnas, lo que puede considerarse una hecatombe para la biología de los monotremas. En lo que respecta a su intuición sobre las cuestiones sociales, y esta vez muy incómodo, Caldwell describía así su estilo colonial de recolectar:
A los negros se les pagaba media corona por cada hembra, pero el precio de la harina, el té y el azúcar, que yo les vendía, subía con los suministros de equidnas. Por lo tanto, las medias coronas siempre eran suficientes para comprar la comida justa para mantener hambrientos a los perezosos negros.
Desde luego, esto se hacía con frecuencia, pero raramente se proclamaba tan claramente y sin pedir disculpas. En cualquier caso, Caldwell acabó por encontrar los huevos del ornitorrinco (que por lo general se ponían de dos en dos y que era fácil pasar por alto por su pequeño tamaño de menos de 2 centímetros de longitud).
Caldwell resolvió un misterio específico que había atormentado a la zoología durante casi un siglo, pero no hizo más que intensificar el problema general. Había probado de manera irrevocable que el ornitorrinco es una mezcla, no disponible para su colocación inequívoca en ningún grupo principal de vertebrados. Geoffroy había tenido razón en lo que respecta a los huevos; Meckel en lo de las glándulas mamarias.
El ornitorrinco siempre ha sufrido falsas expectativas basadas en las debilidades humanas. (Este ensayo discute las dos fases de esta falsa esperanza, y después intenta rescatar al pobre ornitorrinco a partir de sus propios méritos). Durante el medio siglo transcurrido entre su descubrimiento y El origen de las especies de Darwin, el ornitorrinco soportó innumerables intentos de negar o mitigar su verdadera mezcla de caracteres asociados con diferentes grupos de vertebrados. La naturaleza precisaba de categorías netas establecidas por la sabiduría divina. Un animal no podía, a la vez, poner huevos y alimentar a sus crías con leche procedente de glándulas mamarias. De manera que Geoffroy insistía en los huevos y negaba la leche; y Meckel en la leche y en el parto.
El descubrimiento de Caldwell coincidió con el vigesimoquinto aniversario de El origen de Darwin. Por esta época, la evolución había hecho aceptable la idea de los caracteres intermedios (y de las mezclas de caracteres), si no claramente intrigante. Aun así, liberado de una carga, el ornitorrinco asumía otra, esta vez impuesta por la evolución, la misma idea que acababa de liberar a esta pobre criatura de su inclusión forzada en categorías rígidas e inadecuadas. El ornitorrinco, en resumen, cargó sobre sus hombros (con su hueso interclavicular) el peso del primitivismo. Sería un mamífero, desde luego; pero era una ameba entre los dioses, un pobre tipo miserable y deslucido abrumado por la marca reptiliana de Caín.
Caldwell despachó su epítome hace un siglo, pero el ornitorrinco no se ha librado todavía del infortunio. He pasado la última semana prácticamente como un lector de ornitorrincología a tiempo completo. Con unas pocas y bienvenidas excepciones (que proceden principalmente de biólogos australianos que conocen íntimamente a este animal), casi todos los artículos identifican algo básico del ornitorrinco como subdesarrollado o ineficaz en relación a los mamíferos placentarios; como si la presencia inequívoca de caracteres premamiferianos condenara cada característica del ornitorrinco a un estado inacabado y torpe.
Antes de refutar el mito del primitivismo para el ornitorrinco en particular, voy a comentar la falacia general que iguala primitivo a ineficiente y todavía subyace a gran parte de nuestra incapacidad para comprender adecuadamente la evolución. El tema ha circulado a través de estos ensayos durante años: escalas y arbustos. Pero aquí intento proporcionar un nuevo giro: la distinción básica entre ramificación temprana y estructura subdesarrollada o ineficiente.
Si la evolución fuera una escala hacia el progreso, con los reptiles en un peldaño por debajo de los mamíferos, creo que los huevos y una interclavícula identificarían a los ornitorrincos como intrínsecamente defectuosos. Pero el autor de los Proverbios del Antiguo Testamento, aunque hablaba de sabiduría y no de evolución, proporcionó la metáfora adecuada, etz chayim: es un árbol de la vida para aquellos que se apoderan de ella. La evolución avanza ramificándose, y no (generalmente) por transformación y sustitución totales. Aunque una estirpe de reptiles evolucionó para dar origen a los mamíferos, los reptiles permanecen entre nosotros en toda su gloriosa abundancia de serpientes, lagartos, tortugas y cocodrilos. A los reptiles les va muy bien, a su modo.
La presencia de caracteres premamiferianos en los ornitorrincos no los asimila a inferiores o ineficaces. Pero estos caracteres transmiten en realidad un mensaje diferente e interesante. Lo que significan es una ramificación temprana de antepasados monotremas surgidos del linaje que conduce a los mamíferos placentarios. Este linaje no perdió sus caracteres reptilianos de golpe, sino de la manera vacilante y gradual tan característica de las tendencias evolutivas. Una rama que se escindió de esta estirpe central después de que hubieran evolucionado las características definitorias de los mamíferos (pelo y un oído lleno de huesos que antes fueron mandibulares, por ejemplo) podía retener otros caracteres premamiferianos (el nacimiento a partir de huevos y una interclavícula) como señal de derivación temprana, no como una marca de atraso.
Los caracteres premamiferianos de los ornitorrincos sólo identifican la antigüedad de su linaje como rama separada del árbol de los mamíferos. En todo caso, esta gran antigüedad podría dotar al ornitorrinco de más oportunidades (es decir, más tiempo) para convertirse en lo que es realmente, en oposición al mito del primitivismo: un animal magníficamente construido para un modo de vida particular e insólito. El ornitorrinco es una solución brillante para la vida mamiferiana en los ríos, no una reliquia primitiva de un mundo desaparecido. Viejo no significa extremadamente conservador en un mundo darwinista.
Una vez hemos descascarado la falsa expectativa del primitivismo, podemos ver al ornitorrinco de manera más fructífera como un cúmulo de adaptaciones. Dentro de este tema apropiado de buen diseño, hemos de hacer aún otra distinción entre adaptaciones compartidas por todos los mamíferos e invenciones particulares de los ornitorrincos. La primera categoría incluye un pelaje bien adaptado para proteger a los ornitorrincos en las aguas (frecuentemente) frías de sus ríos (el pelo impermeable atrapa incluso una capa de aire cerca de la piel, con lo que proporciona un aislamiento adicional). Como una protección más en el agua fría, los ornitorrincos pueden regular su temperatura corporal al igual que la mayoría de mamíferos «superiores», aunque la suposición de primitivismo retrasó el descubrimiento de esta capacidad hasta 1973; anteriormente, muchos biólogos habían afirmado que la temperatura del ornitorrinco descendía en aguas frías, lo que requería frecuentes retornos a la madriguera para caldearse. (Mi información sobre la ecología de los ornitorrincos modernos procede principalmente del excelente libro de Tom Grant, The platypus, New South Wales University Press, 1984, y de conversaciones con Frank Carrick, en Brisbane. Grant y Carrick son los principales estudiosos australianos de los ornitorrincos, y les agradezco su tiempo y su atención que me han dedicado).
Estas características, que comparten por herencia pasiva con otros mamíferos, benefician ciertamente al ornitorrinco, pero no proporcionan argumento alguno para mi tema de la adaptación directa: la sustitución del primitivismo limitante por una imagen del ornitorrinco que evoluciona activamente por su propio interés. Sin embargo, muchas otras características, que incluyen casi todo lo que hace que el ornitorrinco sea tan distinto, caen dentro de la segunda categoría de invención especial.
Los ornitorrincos son mamíferos relativamente pequeños (el mayor que se conoce pesaba poco más de dos kilogramos y apenas sobrepasaba los sesenta centímetros desde el extremo del pico a la cola). Construyen madrigueras en las orillas de arroyos y ríos: largas (de hasta dieciocho metros) para anidar, más cortas para el uso diario. Pasan la mayor parte de su vida en el agua, buscando alimento (básicamente larvas de insectos y otros pequeños invertebrados), hozando con su pico en los sedimentos del fondo.
Las adaptaciones especiales de los ornitorrincos los han amoldado de una manera sutil e intrincada a la vida acuática. El cuerpo hidrodinámico se mueve fácilmente a través del agua. Los pies anteriores, grandes y palmeados, impulsan al animal hacia adelante mediante patadas alternadas, mientras que la cola y los pies posteriores parcialmente palmeados actúan como timones y dispositivos de navegación (al excavar una madriguera, el ornitorrinco se ancla con sus pies posteriores y excava con sus miembros anteriores). El pico funciona como una estructura alimentaria par excellence, como describiré enseguida. Otras características sirven indudablemente en el gran juego darwinista del cortejo, la reproducción y la cría de los jóvenes, pero sabemos más bien poco acerca de este aspecto vital de la vida del ornitorrinco. Por ejemplo, los machos portan un espolón agudo y hueco en sus tobillos, conectado mediante un conducto a una glándula venenosa en los muslos. Estos espolones, que presumiblemente se usan en combate con machos que compiten, crecen durante la estación reproductora. En cautividad, algunos machos han matado a otros con el veneno de sus espolones, y muchos ornitorrincos, machos y hembras, presentan perforaciones distintivas cuando son capturados en cautividad.
Aun así, esta lista larga e impresionante de dispositivos especiales ha sido por lo general interpretada como otro aspecto (o una secuela) de su carácter primitivo, que todo lo impregna. Burrell, en su volumen clásico (1927), afirmaba realmente que los ornitorrincos desarrollan estas adaptaciones complejas porque los animales sencillos no pueden basarse en la flexibilidad de la inteligencia y han de desarrollar estructuras especiales para cada acción requerida. Burrell escribió:
El hombre… se ha librado de la necesidad de especializarse porque su evolución se ha proyectado fuera de sí mismo en una evolución de utensilios y armas. Otros animales que precisan utensilios y armas deben desarrollarlos a partir de sus propias partes corporales; por lo tanto encontramos con frecuencia una adaptación especializada a las necesidades ambientales injertada a la primitiva simplicidad de estructura.
En un mundo así uno no puede ganar. ¡O se es primitivo prima facie o especializado como resultado de una simplicidad latente e implícita! Los ornitorrincos sólo pueden ser rescatados de una tal Catch 22 mediante nuevos conceptos, no con observaciones adicionales.
Como ironía suprema, y defensa por excelencia de la adaptación frente a la ineptitud, la estructura que desencadenó el mito del primitivismo (el pico de pato), representa el invento especial más logrado del ornitorrinco. El pico del ornitorrinco no es homólogo de ninguna característica de las aves. Se trata de una estructura nueva, desarrollada de forma única por los monotremas (el equidna posee una versión diferente en su hocico largo y puntiagudo). El pico no es simplemente una estructura córnea dura e inerte. El sustrato firme está cubierto por piel blanda, y esta piel alberga un notable conjunto de órganos sensoriales. En realidad, y por extraño que parezca, el ornitorrinco, cuando se encuentra bajo el agua, cierra todos sus sistemas sensoriales excepto el pico, y fía completamente en éste para localizar obstáculos y comida. Haldas de piel cubren sus diminutos ojos y sus oídos sin pabellones auriculares cuando un ornitorrinco bucea, mientras que un par de válvulas cierra los orificios nasales bajo el agua.
E. Home, en la primera monografía sobre la anatomía del ornitorrinco (1802), hizo una sagaz observación que identificó correctamente el pico como un órgano sensorial complejo y vital. Disecó los nervios craneales y encontró que los miembros olfativo y óptico eran casi rudimentarios, pero que el trigémino estaba notablemente desarrollado, y portaba información de la cara al cerebro. Con gran intuición, Home comparó el pico de un ornitorrinco a una mano humana en función y sutileza. (Home nunca vio un ornitorrinco vivo y trabajó únicamente por inferencia a partir de la anatomía). Escribió:
Los nervios olfativos son pequeños, lo mismo que los nervios ópticos; pero los del quinto par, que inerva los músculos dé la cara, son insólitamente grandes. A partir de esta circunstancia debemos llegar a la conclusión de que la sensibilidad de las diferentes partes del pico es muy grande, por lo que corresponde a la finalidad de una mano, y es capaz de una exquisita discriminación en su tacto.
Después, el mismo año que Caldwell descubrió los huevos, el biólogo inglés E. B. Poulton encontró los órganos sensoriales primarios del pico. Localizó numerosas columnas de células epiteliales, cada una de ellas soportada por un complejo de transmisores neurales. Los denominó «bastones de impulso», argumentando, por analogía con los timbres eléctricos, que un estímulo sensorial (una corriente de agua o un objeto en los sedimentos del fondo) deprimiría la columna y encendería la chispa neural.
Una serie de experimentos brillantes de neurofisiología moderna realizados por R. C. Bohringer y M. J. Rowe (1977 y 1981) no hacen más que aumentar nuestra admiración por la gran sensibilidad de la adaptación del pico del ornitorrinco. Encontraron los bastones de Poulton en toda la superficie del pico, pero con una densidad de cuatro a seis veces superior en el borde anterior del pico superior, allí donde los ornitorrincos deben encontrar primero los obstáculos y el alimento. Advirtieron distintos tipos de receptores nerviosos bajo los bastones, lo que sugiere que los ornitorrincos pueden distinguir varios tipos de señales (quizá componentes estáticos frente a móviles, o alimento vivo frente a muerto). Aunque los bastones individuales pueden no proporcionar la información suficiente para identificar la dirección de un estímulo, cada bastón está conectado con una localización definida en el cerebro, lo que implica fuertemente que la secuencia de activación entre una serie de bastones permite al ornitorrinco identificar el tamaño y la situación de los objetos.
Los neurofisiólogos pueden localizar zonas del cerebro responsables de activar partes concretas del cuerpo, y dibujar un «mapa» del cuerpo sobre el mismo cerebro. (Estos experimentos se hacen en cualquiera de las dos direcciones.
O bien se estimula una parte del cuerpo y se registra la pauta de actividad en una serie de electrodos implantados en el cerebro, o bien uno pulsa un punto del cerebro y determina el movimiento resultante de las partes del cuerpo). No tenemos demostración más cumplida de la adaptación evolutiva que los numerosos mapas cerebrales que registran la importancia de los órganos especialmente desarrollados por sus áreas de representación en el córtex, insólitamente grandes. Así, el mapa cerebral de un mapache exhibe un dominio enorme para sus zarpas delanteras, el de un cerdo para su hocico, el de un mono araña para su cola. Bohringer y Rowe han añadido el ornitorrinco a su elenco informativo. Un mapa del córtex del ornitorrinco es básicamente pico.
Hemos recorrido un largo camino desde la primera interpretación evolutiva prominente que se hizo del pico del ornitorrinco. En 1844, en lo que fue la principal defensa predarwinista de la evolución escrita en inglés, Robert Chambers intentó hacer derivar un mamífero de un ave en dos grandes saltos, a través del eslabón intermedio de un ornitorrinco. Un paso, escribía Chambers,
bastaría para que un ganso diera a su progenie el cuerpo de una rata, y produjera el ornitorrinco, o concediera a la progenie de un ornitorrinco la boca y los pies de un verdadero roedor, y así completara en dos fases el paso de las aves a los mamíferos.
El ornitorrinco, después de haber sufrido tales hondazos y flechazos de la atroz fortuna en degradación impuesta por manos humanas, ha lanzado sus brazos (y su pico) contra un mar de preocupaciones y se ha vindicado. Los azotes y los desprecios del tiempo curarán. El agravio del opresor, la injuria del hombre orgulloso se han visto invertidos por los estudios modernos, empresas de gran fuerza e impulso. El ornitorrinco es una maravilla de adaptación.


[57] El retruécano sólo existe en inglés: peccavi o he pecado es / have sinned, que suena como I have Sind, tengo 
(o he tomado) Sind. (N. del T.)

En Stephen Jay Gould, «Brontosaurus» y la nalga del ministro [18]
Título original: Bully for Brontosaurus
Stephen Jay Gould, 1991
Traducción: Joandomènec Ros

Stephen Jay Gould: Foto sin atribución vía 






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George Steiner sobre Elías Canetti: Una historia en tres ciudades (1982)

20 de enero de 2018





El año pasado, el premio Nobel de Literatura ha resultado tener sus pros y sus contras. Los escritos de Elías Canetti son profundamente personales y fragmentarios. Brotan de centros escondidos y se han desplegado con una astuta paciencia. Por causa del premio de 1981, muchas cosas menores han sido apresuradamente reeditadas y traducidas, y la obra en su conjunto, que se desarrolla a partir de una sola obra maestra, la primera y única novela, Auto de fe, y vuelve a ella, se ha desenfocado. El propio Canetti, además, ha reaccionado con irascibilidad y hauteur características a la repentina notoriedad con que se le ha obsequiado a sus setenta y siete años. Se ha vuelto, de manera feroz y no del todo justa, contra quienes —singularmente en Inglaterra, adonde llegó como refugiado— no fueron capaces de hacer que sus libros se pudieran seguir comprando y que la crítica siguiera teniéndolos en cuenta durante los largos años de (relativa) oscuridad antes del Nobel. Es todavía más importante que la autobiografía de este virtuoso de la intransigencia pueda leerse ahora fuera del incisivo y marmóreo alemán (Canetti es heredero de Kleist) en que ha sido escrita. The torch in my ear es el segundo volumen (traducido por Joachim Neugroschel, Farrar, Straus & Geroux[16]). Abarca la década —absolutamente decisiva para la evolución de Canetti como escritor y pensador— de 1921 a 1931. Empieza siendo Elías Canetti un colegial de dieciséis años en un Gymnasium de Frankfurt y concluye cuando el doctor Canetti abandona la química que había estudiado en la Universidad de Viena para pasarse a la alquimia, más poderosa, de su gran narrativa. Pero este libro es algo más que las memorias de un testigo excepcionalmente observador y original, es la imagen vívida de la elevada civilización centroeuropea al borde del abismo. Canetti corrió el peligro y tuvo la buena suerte de hacerse interiormente adulto en una época crepuscular.
Los lectores del primer volumen, La lengua salvada, recordarán a la formidable madre del autor, viuda, y las tensas intimidades que unían a madre e hijo. Las faltas de perspicacia de Mme. Canetti podían ser tan fríamente estratégicas como sus adivinaciones. En el Frankfurt de los años veinte, la inflación estaba aumentando hasta la locura y la ruina. A su alrededor, Canetti observaba insistentes síntomas de desdicha y desesperación humanas. Cuando el muchacho vio a una mujer que se desmayaba de hambre en la calle, exigió a su madre alguna explicación, algún reflejo de compasión. «¿Te quedaste  allí?», le preguntó mordazmente Mme. Canetti, y pasó a recordar a su hijo que haría mejor en acostumbrarse a tales espectáculos si iba a hacerse médico y a ganar la riqueza burguesa que le protegería de una miseria similar. Como el niño loco del relato «El caballito de balancín, ganador», de D. H. Lawrence, el joven Canetti oyó un clamor por el dinero que gritaba desde cada rincón de las expectativas de su madre. En una respuesta que era medio artimaña, medio histeria, el propio Elías, unos años después, en Viena, llenaba hojas y hojas de papel con la palabra «dinero». La alarma que causó este ejercicio en una madre siempre dada a aceptar consejos médicos contribuiría a provocar la liberación de su hijo y que éste se marchara de casa.
Pero los últimos años escolares habían traído otras emancipaciones. El actor Carl Ebert, a quien Canetti había admirado en papeles clásicos en el Frankfurt Schauspielhaus, ofreció una lectura dominical de una epopeya babilónica más antigua que la Biblia: «Descubrí Gilgamesh, que tuvo una influencia crucial en mi vida y su significado íntimo, en mi fe, mi fuerza y mis expectativas, como ninguna otra cosa en el mundo». El resumen de este impacto puede incluso servir de epígrafe a su obra:
Experimenté el efecto de un mito: algo en lo que he pensado de diversas maneras durante el medio siglo siguiente, algo a lo que con frecuencia he estado dando vueltas en mi mente, pero que nunca he dudado en serio ni una sola vez. Absorbí como una unidad algo que ha permanecido en mí como una unidad. No puedo encontrarle ningún defecto. La cuestión de si creo esa historia no me afecta; cómo puedo yo, dada mi intrínseca esencia, decidir si creo en ella. El objetivo no es repetir como un loro la banalidad de que hasta ahora todos los seres humanos han muerto: la cuestión es decidir si aceptar la muerte voluntariamente o levantarse contra ella. Con mi indignación contra la muerte he adquirido un derecho a la gloria, a la riqueza, a la desgracia (…). He vivido en esta rebelión continua. Y mi pena por los seres cercanos y queridos que he perdido en el transcurso del tiempo no ha sido menor que la de Gilgamesh por su amigo Enkidu; al menos yo tengo una cosa, una sola cosa, que me hace superior al hombre-león: me importa la vida de todos los seres humanos y no sólo la de mi vecino.
El segundo gran descubrimiento fue más picante. Canetti encontró en Aristófanes una pista vital: «La poderosa y consistente manera en que cada una de sus comedias está dominada por una idea sorprendentemente fundamental, de la que se deriva». Esa idea, concluía Canetti, debía ser siempre de un orden público y, en un sentido más profundo, político. Una imaginación radical tiene que desbordar la esfera privada. ¿Y acaso había algo más aristofanesco que el espectáculo de la vida alemana dominada por la disolución fiscal, social y erótica?
El supremo analista de esta disolución actuaba en Viena. Con la distancia se va haciendo cada vez más evidente que, en este siglo, hay en Occidente rasgos esenciales de sensibilidad y de estilo expresivo que tienen su origen en el ejemplo de Karl Kraus. El legado de este satírico apocalíptico es bien patente, de forma ininterrumpida, desde la visión que tiene Kafka del lenguaje y de la sociedad hasta el humor negro, autodestructivo, que muestra la vena urbana americana de las décadas de 1950 y 1960. Canetti nos ofrece una versión memorable de las famosas lecturas-recitaciones de Kraus, una de esas proezas miméticas en las que el autor-editor de Die Fackel —La antorcha, que arde también en el título de Canetti— educó a una generación en las tonificantes artes del odio y del odio a uno mismo. Resulta apropiado que fuera en una conferencia de Kraus donde Canetti vio por primera vez —sentado, como siempre, en la primera fila— a Venetia Toubner-Calderon, la enigmática y bella Veza, con la que se casaría en 1934. De modo más directo, el efecto hipnótico de Kraus indicó a Canetti lo que había de ser el eje de su propia indagación: el poder del individuo en relación con el de la multitud. Reflexionando posteriormente sobre el fantástico registro vocal de Kraus, observa Canetti: «Sillas y personas parecían ceder bajo aquel temblor; no me hubiera sorprendido que las sillas se doblaran. No es posible describir la dinámica de un auditorio tan acosado bajo el impacto de esa voz —un impacto que perduraba incluso cuando la voz había enmudecido— mejor de como se podría describir a la Hueste». (¿Cuántos lectores, especialmente en el mundo anglosajón, identificarán esta penetrante alusión al mito, de origen probablemente celta, de los cazadores y perros espectrales que cruzan el cielo nocturno en una infernal cacería? Pero no hay notas a pie de página en esta edición, y la traducción es muchas veces, ingeniosamente, de poca ayuda).
No menos influyente que Karl Kraus en la educación de Elías Canetti fueron las pinturas que vio y elogió en las grandes colecciones vienesas. Dos en particular llegaron a obsesionarle, aunque con efectos contrarios. El Triunfo de la Muerte de Bruegel le pareció que confirmaba el mensaje de Gilgamesh. La energía de la resistencia a la muerte que palpita en la muchedumbre de figuras que puebla el lienzo entró a raudales en la conciencia de Canetti. Aunque la muerte triunfe, se muestra que la lucha merece indiscutiblemente la pena y que une a todos los hombres entre sí. El otro cuadro fue el colosal Sansón cegado por los filisteos de Rembrandt: «Muchas veces estuve delante de este cuadro y de él aprendí lo que es el odio». Además, y aunque él aún no podía saberlo, el cegamiento y la ceguera habían de ser un leitmotiv en la narrativa de Canetti. El título alemán de Auto de fe es Die Blendung, que significa tanto el acto de cegar como estar deslumbrado o desconcertado hasta el extremo de la ceguera. La interpretación que hace Canetti de la Dalila de Rembrandt parece reflejarse en casi todas las figuras femeninas de sus ulteriores invenciones:
Ella le ha quitado su fuerza a Sansón; tiene su fuerza, pero sigue temiéndole y le odiará mientras recuerde ese cegamiento, y siempre lo recordará para odiarle.
En el verano de 1925, Canetti rompió con el monstre sacré que era su madre. Aunque todavía estaba estudiando en la Universidad de Viena, era hora libre de responder con vehemencia a los llamamientos de la experiencia, a algo que, si sus presentimientos eran exactos, despertara sus capacidades latentes como una señal de fuego en la noche. El 15 de julio de 1927 se produjo esa señal, literalmente. Volviéndose contra sus propios dirigentes socialdemócratas, los trabajadores más radicales de Viena, enfurecidos por un reciente escándalo judicial (varios trabajadores habían sido abatidos a tiros en Burgenland y sus asesinos habían sido absueltos), marcharon al Palacio de Justicia. Le prendieron fuego. Aquel día, Elías Canetti, el metafísico lírico, el alegorista de la violencia, llegó a su plena realización: «Me convertí en parte de la multitud, me disolví totalmente en ella». Esta inmersión —la expresión francesa bain de foule [baño de multitudes] traduce con exactitud la experiencia de Canetti— confirmó su decisión de analizar, como Gustave Le Bon había empezado a hacer en la década de 1890, la estructura interna, las energías exponenciales y el aura contagiosa de la multitud. No sería hasta 1960 cuando apareciera Masa y poder, una obra incompleta, fragmentaria en su brillantez. Pero la masa y el sentimiento de masa en los que se había sumergido aquel violento día de verano habrían de preocupar a Canetti de allí en adelante. Las obsesiones privadas y el hecho público, además, se habían fusionado:
Era el fuego lo que sostenía la situación. Se notaba el fuego, su presencia era abrumadora: aunque uno no lo viera, lo tenía en la mente, su atracción y la atracción ejercida por la muchedumbre eran una y la misma (…). Y uno se sentía atraído al terreno del fuego, por un camino tortuoso, ya que no había ningún otro posible.
Tanto en sus meditaciones sobre las muchedumbres como en sus apropiaciones metafóricas del fuego, a Canetti le resultó inútil Freud. Psicología de masas y análisis del yo de Freud le repelió «desde la primerísima palabra, y me sigue repeliendo no menos de cincuenta y cinco años después». Canetti vio en Freud la encarnación misma de la segunda mano, la edificación de unas abstracciones dogmáticas sobre una base tan insegura como las acciones y los testimonios de otras personas. Este rechazo tiene una resonancia más amplia. Canetti forma parte de la pequeña constelación de intelectos y sensibilidades de primera categoría que en nuestra época han rechazado a Freud, así como al constructo psicoanalítico por ser una mitología artificiosa y antihistórica, cuya metodología es, en el mejor de los casos, estética, y cuyo evidente material —los sueños, los actos de habla, los estilos gestuales de la Centroeuropa judía fin-de-siècle, primordialmente femenina y de clase media— es casi ridículamente limitado. Esta constelación comprende a Kraus, a Wittgenstein y a Heidegger aparte de al propio Canetti. Está marcada por un sentimiento trágico de la vida, por una profunda atención a la naturaleza histórica temporal del discurso humano, y por un serio escepticismo en lo que atañe a los ideales o pretensiones de lo terapéutico. Con el actual debilitamiento de los supuestos psicoanalíticos, es muy posible que sean esos «negadores» de Freud los que al final perduren.
El levantamiento de julio había decidido la vocación de Canetti. En su búsqueda de muchedumbres «en la historia, en las historias de todas las civilizaciones», se encontró con la historia y la antigua filosofía de China y se sintió fascinado con ellas (una fascinación que había de animar la novela). Los ruidos callejeros adquirieron un diferente y rico significado. Los compañeros de estudios con afinidades nazis que Canetti conoció en el laboratorio centraban su atención de una manera aún más precisa en los fenómenos multitudinarios y en la posibilidad de que la política de manipulación de las masas condujera a trance colectivo de guerra. Canetti estaba entonces escribiendo poesía «salvaje y frenética». Cada nuevo poema era entregado a Veza. Y ella estaba empezando a saber cuán profundamente la amaba Canetti. El 15 de julio de 1928, el aniversario del incendio del Palacio de Justicia, Canetti salió de Viena para pasar el resto del verano en Berlín. Después de Frankfurt y Viena, Berlín sería la tercera de las ciudades cruciales para sus descubrimientos de sí mismo.
Berlín era, a la sazón, el centro nervioso de la Modernidad. Aunque los camisas pardas ejercían un control cada vez mayor de las corrientes y los remolinos de la vida en la calle, la izquierda, tanto comunistas como socialistas, continuaba estando presente. En el clima implosivo de los enfrentamientos urbanos, se estaban ensayando unas prácticas de agresión psicológica y física de las que pronto se haría demostración a escala mundial. La descripción de Canetti es acertada:
El rasgo animal y el rasgo intelectual, desnudos e intensificados al máximo, estaban mutuamente enredados, en una especie de corriente alterna. Si uno había despertado a su propia animalidad antes de venir aquí, tenía que incrementarla a fin de oponerse a la animalidad de otras personas, y si uno no era muy fuerte, pronto quedaría agotado. Pero si era dirigido por su intelecto y apenas había cedido a su animalidad, seguro que se rendiría a la riqueza de lo que se ofrecía a su mente. Estas cosas se estrellaban contra uno, versátiles, contradictorias; uno no tenía tiempo para entender nada, no recibía más que golpes, y aún no se había recuperado de los golpes de ayer cuando le llovían los nuevos. Uno andaba por Berlín como un blando trozo de carne y se sentía como si todavía no estuviera lo bastante tierno y estuviera esperando nuevos golpes.
La imagen de «un blando trozo de carne» andando por Berlín bajo una lluvia de golpes es expresionismo puro. Le hubiera hecho gracia a George Grosz, a quien Canetti llegó a conocer y a admirar. Los feroces dibujos de Grosz metieron a Canetti en un mundo de brutalidad y explotación sexual. Nunca puso en duda la veracidad del testimonio de Grosz, que había de influir profundamente en el drama del eros tiránico de Auto de fe. También Brecht impresionó al joven visitante; Canetti tuvo una cierta vislumbre de su fría pero soberana profesionalidad. Pero el gran encuentro fue el que tuvo con Isaac Bábel. Hubo aquí una manifiesta pureza como aquella con la que Canetti se toparía, después, en la verdad talismánica de Kafka. La literatura era sacrosanta para Bábel. Bábel había sondeado los abismos del salvajismo humano, pero la visión que tenía de la literatura hacía que el cinismo le fuera ajeno. «Si le parecía que algo era bueno, nunca podía usarlo como otras personas que, con su actitud despectiva, parecían querer decir que se consideraban la culminación del pasado en su totalidad. Sabiendo lo que era la literatura, nunca se sintió superior a los demás». Isaac Bábel, dice Canetti, impidió que fuese «devorado» por la ciudad voraz.
Ahora el aprendizaje de Canetti estaba casi terminado. Cuando regresó a Viena, el otoño de 1929, dejó de lado los obstinados sueños de respetabilidad social o comercial que había abrigado su madre. Se ganaría la vida como traductor; sus lenguas serían «salvadas» y empezaría a trabajar en una obra narrativa de varias extensas partes, provisionalmente titulada «La comedia humana de los locos». Un nuevo encuentro resultó ser capital: el que tuvo con un joven filósofo, tullido de cuerpo pero con una conciencia de los seres humanos que a veces le hacía asemejarse a «un Cristo de un icono oriental». Aunque la disolución del individuo en la masa seguía siendo para Canetti «el enigma de los enigmas», la desolada y sin embargo luminosa condición de su amigo situó el tema de la muerte en la vanguardia de sus preocupaciones. Rememorando las llamas que habían envuelto el Palacio de Justicia, viendo ante él a un ser humano al que poseían y mantenían con vida el pensamiento abstracto y las energías de una percepción implacable, Canetti dio con su gran tema: el del «Hombre de los Libros» por antonomasia, que, en un éxtasis final de enloquecida clarividencia, se quemaría con todos sus libros. Al principio, el personaje iba a llamarse Brand, como reflejo de la propia palabra «fuego» y, quizá, del feroz absolutista del espíritu que protagoniza la obra homónima de Ibsen. Luego pasó a llamarse Kant, piedra de toque de metafísicos y arquetipo de rutina mandarinesca. Finalmente, el nombre del protagonista de Auto de fe se convirtió en Kien, un monosílabo que combina la denominación en alemán de la leña de pino resinoso con una insinuación de tonalidad china. A los veinticuatro años, Canetti estaba escribiendo una de las novelas de mayor madurez intelectual y dominio estilístico de nuestro siglo.
Mucho de lo que ha publicado desde entonces es de gran calidad: la ingeniosa comedia filosófica Los emplazados, el comentario meditativo sobre las cartas de Kafka a Felice Bauer (El otro juicio de Kafka, de 1969), los aforismos y notas líricas de Las voces de Marrakech y, como ya he dicho, ciertas secciones de Masa y poder, por ejemplo, la sección sobre el papel de la inflación monetaria en la destrucción de la identidad social y de las distinciones éticas en la Alemania de Weimar. La autobiografía de Canetti nos hace esperar una continuación. No obstante, sería difícil encontrar en los escritos posteriores de Canetti algo que iguale la fuerza del opus 1. La antorcha al oído nos ofrece una absorbente profundización en la génesis de un clásico.
De forma inevitable, si bien prematura, tratamos de situar a Canetti en relación con la configuración entera del genio centroeuropeo y judío que en tan gran medida ha determinado el clima de la sensibilidad moderna. No hay en Canetti la inmediatez de la creación mítica, el no forzado acceso a unas formas simbólicas específicas y sin embargo universales, que hace que las narraciones y parábolas de Kafka estén muy por encima de la imaginación del siglo XX, siendo Kafka para su época, como dijo Auden, lo que fueron Dante y Shakespeare para las suyas. Tampoco, creo yo, hay en Canetti la respuesta a la naturaleza física y a los secretos de la psique humana que da a las novelas —y aquí es importante el plural— de Hermann Broch su paciente autoridad. Pero es con arreglo a estos criterios como Canetti invita —incluso obliga— a formular un juicio. Su exigente presencia honra a la literatura.
22 de noviembre de 1982







[16] Existe edición en castellano: La antorcha al oído
Trad. de Juan José del Solar, DeBolsillo, Barcelona 2005. (N. del T.)

En George Steiner at «The New Yorker»
George Steiner, 2009
Traducción: María Condor
Prólogo: Robert Boyers
Edición: Robert Boyers




Imagen: George Steiner en 2008 (detail)
Foto: Gloria Rodríguez - Getty Images



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Pascal Quignard: El libro de Heidelbeermann

11 de diciembre de 2017





1. Historia de los caballos

Antiguamente los caballos eran libres. Galopaban por la tierra sin que los hombres los desearan, los encerraran, los reunieran en los desfiladeros, los enlazaran, los apresaran, los uncieran a carros de guerra, los enjaezaran, los ensillaran, los herraran, los montaran, los sacrificaran, los comieran. A veces los hombres y los animales cantaban juntos. Los largos gemidos de unos provocaban los singulares relinchos de los otros. Los pájaros bajaban del cielo y acudían a picotear los restos entre las piernas de los caballos que sacudían sus magníficas crines, entre los muslos de los hombres que echaban hacia atrás sus cabezas, sentados en el suelo, alrededor del fuego, que comían ávidamente, ruidosamente, excesivamente, que golpeaban súbitamente sus manos en cadencia. Cuando el fuego se había apagado, cuando habían terminado de cantar, los hombres se levantaban. Porque los hombres no dormían de pie como lo hacían los caballos. Entonces limpiaban en el suelo las huellas de sus escrotos y de sus sexos que se habían depositado allí. Volvían a subir a sus caballos y cabalgaban sobre toda la superficie de la tierra, en las orillas húmedas de los mares, en los bosques bajos y primarios, en los páramos ventosos, en las estepas. Un día, un hombre joven compuso este canto: “Salí de una mujer y me encontré frente a la muerte. ¿Dónde se pierde mi alma por la noche? ¿En qué mundo reside? Resulta pues que hay un rostro que nunca vi, que me persigue. ¿Por qué vuelvo a ver ese rostro que no conozco?”
Solo, partió a caballo.
De repente, cuando estaba galopando a pleno día, se hizo de noche.
Se inclinó. Con espanto acarició la crin que cubría el cuello de su caballo y su piel tibia y temblorosa.
Pero el cielo se volvió absolutamente negro.
El jinete tiró de la cadenita de bronce de las riendas. Bajó del caballo. Desenrolló en el suelo una manta constituida por tres pieles de reno sólidamente anudadas entre sí. Ató los cuatro extremos de la manta para proteger, lo más completamente posible, tanto a él mismo como la cara de su caballo. Volvieron a partir.
El aire estaba inmóvil.
Súbitamente la lluvia se abatió sobre ellos.
Avanzaban lentamente buscando con la vista, los dos, su camino entre el estrépito y el agua atronadora.
Llegaron a una colina. Ya no llovía más. Tres hombres estaban atados a unas ramas en la oscuridad.
En el medio, un hombre completamente desnudo, con una corona de espinas en la frente, aullaba.
De manera misteriosa, otro hombre, con la punta de una caña, le alcanzaba una esponja a los labios. A su lado, al mismo tiempo, un soldado hundía su lanza en su corazón.


2. Historia que le sucedió a Hagus

Un día, mucho después, siglos después, cuando caía la tarde, mientras estaba solo, a pie, llevaba detrás de sí a su caballo de la brida en la ribera del Somme, en la penumbra que empezaba a llegar sobre el río, y se detuvo.
El hombre había divisado a un arrendajo muerto sobre un montón de pizarras.
Estaba casi a diez metros del río que corría en silencio.
Había un aliso.
Sobre el montón de lozas de pizarra despegadas, grisáceas, que estaban expuestas al sol poniente, un arrendajo estaba tendido de espaldas, con las alas bien abiertas, el pico abierto.
El caballo resopló. Pero el hombre acarició la larga y pesada cabellera que cubría su espinazo.
Hagus, que era el barquero del río, ató su barca al tronco del gran aliso. Fue a ubicarse junto al jinete intrigado y el caballo inmóvil. Con su pértiga apoyada en el hombro, cruzó su mirada con las miradas de ellos.
Porque había algo extraño en ese arrendajo muerto.
Entonces Hagus sacó fuerzas de flaqueza y se acercó al pájaro de alas azules.
Pero se paralizó casi de inmediato porque el arrendajo levantaba regularmente sus plumas negras y azul intenso. Se daba vuelta un poco al respirar. Actuaba del siguiente modo: un golpe hacia la costa y la barca y el follaje del aliso y el río; un golpe hacia los cardos y el jinete paralizado por su visión y el caballo inmóvil y ansioso.
En verdad, el arrendajo ofrecía sus plumas coloridas al calor del último sol.
Las secaba.
Luego, en menos de un segundo, hizo una pirueta, se volvió a parar sobre sus patas y de un salto salió volando y se encontró encaramado en la punta de la pértiga del barquero de río.
Entonces Hagus oyó, sobre su hombro, que tenía que dejar este mundo.
Giró la cabeza hacia el pájaro que lo miraba y que lanzaba su grito horrible, después se dio vuelta hacia el jinete pero ya no había nada a su lado. El jinete y el caballo se habían ido sin que los hubiese visto desaparecer.
Súbitamente el pájaro desplegó de nuevo sus alas negras y azules, dejó su palo –que era la pértiga de Hagus apoyada en su hombro– y se voló.
El pájaro se internó en el cielo.
De manera progresiva, el carácter de Hagus se ensombreció. Empezó descuidando su servicio en la costa del río. Abandonó su barca entre los juncos. Dejó que la lluvia la invadiera con el agua de las tormentas. Al cabo de dos estaciones su mujer y su hijo se cansaron de su tristeza, hablaron juntos febrilmente, agarraron sus cosas, partieron. Entonces Hagus, que renunciaba a la compañía de los suyos, se apartó de sus prójimos. O más bien no se dirigió más a los seres humanos. Evitaba la luz demasiado intensa. Todo lo que era visible le daba miedo. Incluso los rostros de los animales, que le parecían reprobatorios, y los rehuía. Tomaba desvíos para no cruzar la mirada con un cernícalo de pico completamente amarillo o con los ojos de una rana que trataba de atraerlo por medio de su canto en la noche cálida sobre la pradera.


3. La caja de concierto

Antiguamente había un hombre un poco rengo que llevaba una caja de madera con compartimentos sobre su espalda. Iba de aldea en aldea. Apoyaba la caja sobre una piedra o sobre el tronco de un árbol, o sobre un baúl, o sobre un banco, y entonces desplegaba cuidadosamente la tapa. Se contaban doce agujeros. Cada uno contenía una rana. A la noche, levantaba la cabeza y nombraba a Van Sissou. Era como una plegaria que el hombre del pie estropeado lanzaba hacia el cielo. “¡Habla, Van Sissou!”, exclamaba y le pedía a un niño que se encontraba allí que tomase una jarra y derramara el agua sobre cada cabeza. Ellas cantaban.
–Si hacen silencio –les decía a los niños y a las diversas poblaciones que se aglomeraban entonces provenientes de los campos y las sendas del bosque, que lo rodeaban y se apretaban unos y otros contra él para examinar el interior de su caja–, escucharán un carillón oscuro.
Entonces, incluso los niños se callaban, escuchaban el canto que poco a poco se elevaba y sus ojos se humedecían porque todos habían conocido a alguien en el otro mundo. Algunos murmuraban “¡Mamá!” y se desplomaban dentro de sus rodillas. Y decían en voz baja: “¡Mamá! ¡Mamá!”


4. Nacimiento de Nithard

Antiguamente, el día en que Nithard nació, el conde Angilbert –que era el padre del niño, que también era el padre abad de la abadía consagrada a San Riquier de la bahía de Somme– agarró al niño cuando salía chorreando del vientre de Berthe y dijo: “Párpados que levantas por primera vez, plegando tu piel tan frágil mientras desnudas tus dos grandes ojos mojados a la luz, te bendigo en nombre del padre, del hijo, del espíritu”. Fue entonces cuando surgió un nuevo grito. Había un gemelo en el vientre de Berthe: se podía ver la frente amarilla que empujaba contra la pared del vientre y que ya aparecía entre los grandes labios violáceos de Berthe, justo por debajo de la mata de pelos rubios que cubría su piel tensada al máximo hasta el ombligo. El conde abad Angilbert trató de agarrarlo. Pero el recién nacido estaba particularmente empapado. El cuerpito viscoso se debatía en todos los sentidos y resbalaba como una anguila entre sus manos. El abad gritó: “Oye tú que empiezas a buscar asideros por todas partes en la naturaleza, dedos minúsculos que despliegas y que aprietas con tanta tenacidad y fervor la gran mano de quien te concibió hace ya varias estaciones, te bendigo también. Es un signo que nos envía Dios al repetir el nacimiento de Nithard en este rostro que se le parece mucho más de lo que podría hacerlo una sombra: ¡lo reitera casi como un reflejo! ¡Dios quiso un compañero para sus días tal como él mismo tenía a Juan que dormía sobre su hombro!”
Tras haber pronunciado estas palabras, procedió al segundo bautismo y lo llamó Hartnid.


5. La concepción de Nithard

Antaño, nueve meses antes de que Nithard naciera, una tarde en que estaban ocultos de las miradas atrás de las madreselvas amarillas y blancas y las grandes glicinas azules, la hija del emperador que se llamaba Berehta o Berthe tomó la mano del conde Angilbert y le dijo:
–Entra en mí.
Y repitió:
–Entra en mí. Te amo tanto.
Levantó su túnica. Entonces él entró en ella.
Ella gozó.
Él también obtuvo tanto placer que la penetró por segunda vez.
Ella gozó.
Esto pasó antes del nacimiento de Nithard y de Hartnid. Sar, la chamán de la bahía de Somme, improvisó en aquellos tiempos este poema:
–Porque si a los pájaros les gusta cantar, también les gusta oír los cantos.
Les gusta oír el mar del Norte que rompe bajo el acantilado de caliza y se callan poco a poco ante las olas que se elevan y que se desploman sobre la arena que hacen rodar y que producen al corroer la pared vertical y blanca.
Incluso los atrae tan sólo el estremecimiento de las cañas en el agua estancada de las lagunas que bordean la bahía.
Los pájaros se acercan a los prados salados y a los cañaverales. Penetran en ellos. Se complacen en acompañar los cantos que allí produce el viento profiriendo sus trinos.

Ahora bien –dijo Sar–, la lluvia,
cuando cae sobre las hojas del bosque,
en cambio intimida sus picos.
Disminuye sus variaciones y baja la altura de los sonidos que vociferan.
A veces los chubascos y los chaparrones los suspenden.
Los gorjeos ceden por completo su lugar a los estrépitos y a los estruendos.

Todos los pájaros responden –e incluso su sorprendente silencio responde cuando llegan a callarse.
Todos los pájaros modulan según el acompañamiento que ofrece el lugar a los movimientos y a la resonancia particular que organizan sus extraños mandatos.
Casi no tintinean arpegios cuando el sitio está en la niebla.
Ningún desgranamiento de llamados se lanza dos veces bajo las nubes.
Los graves se difunden más lejos que los agudos en el mundo de los pájaros –como el dolor en el nuestro.
Los lentos se distinguen más fácilmente que los rápidos.

Yo, Sar, lo digo:
Los signos de los pájaros son más dulces que la pena que ustedes sienten.
Son más comprensibles para mi oído que las lenguas que articulan los hombres a los cuales les doy mi asistencia cuando están poseídos y giran sobre sí mismos sin saber qué hacer con su sufrimiento en el sufrimiento.


6. Hartnid enamorado

Un día, Mateo el Evangelista escribió en Evangelio XIII, 1: “In illo die, Iesu, exiens de domo, sedebat secus mare”. (Un día, Jesús, tras haber salido de su casa, se sentó a la orilla del mar.) Un día, Hartnid, tras haber salido de su casa, se sentó a la orilla del mar. De pronto se alzó el viento y levantó la arena. Tenía trece años. Una barca se encontraba allí. Subió a la barca. Izó la vela en el mástil. Navegó en dirección al oeste, después giró hacia el norte y soltó el timón. Se durmió. Entonces derivó largo tiempo. Cruzó el mar. Desembarcó en Arklow. En la bahía de Arklow, Hartnid encontró a un santo que vivía bajo una piedra.
Hartnid dibujó en la arena un rostro y le preguntó al santo:
–¿Conoce este rostro?
Pero el ermitaño le respondió:
–No conozco ese rostro. ¿Por qué me lo pregunta? Tampoco lo conocía a usted ni a su cuerpo ni a su rostro cuando lo vi hace un rato, desde la puerta de mi cabaña de piedras, anclando su barco, bajando su bote por medio de una soga, remando, remolcando su pequeño bote sobre el barro salobre y los fragmentos de caparazones rotos de la costa.
–Porque busco a la mujer que tiene este rostro sobre sus hombros. Esa es la razón de mi viaje. Mi propio rostro no importa. Porque mi rostro ya existía en este mundo cuando aparecí en este mundo.

La princesa Berehta (Berthe, que era la madre de Hartnid) decía en el nuevo palacio de su padre, en Aix-la-Chapelle, en el año 813:
–Creo que su cabeza se quedó vacía. El amor lo trastornó apenas le crecieron los pelos a lo largo de las piernas y cubrieron sus mejillas. Otro cuerpo distinto del suyo se le subió al cerebro aunque yo no sepa dónde obtuvo esa visión. Por lo menos, cuando tenía doce o trece años, una imagen se montó en su cabeza y se aferró a ella. No se extinguió cuando llegó el amanecer y él se levantó de su lecho. A partir de ese instante ya no quiso ver más a su hermano. Esa imagen se convirtió en un furor tal que ya no oye más nada de lo que le dicen. Quiere recobrar ese rostro. Nadie puede permanecer frente a mi hijo sin quedar estupefacto por lo que le ha pasado. Ama a alguien.
Así es como la princesa Berthe justificaba la partida de su hijo ante el más joven de sus gemelos, que se llamaba Nithard. Porque entre los gemelos, el concebido antes es el último que sale. Y fue así que Hartnid, que era otra manera de escribir Nithard, a quien había concebido y nombrado Angilbert, a quien había cargado y alimentado Berthe, dejó la Francia marítima.


7. Frater Lucius

Uno de los monjes del monasterio de Saint-Riquier, el que les enseñó sus letras, tanto griegas como latinas, a Nithard al igual que a Hartnid, que era un excelente copista, que era incluso la mejor mano del monasterio para ornar las letras bizantinas, para simplificar de la manera más pura las letras carolingias, tenía el nombre de Frater Lucius. Se había enamorado de un gato totalmente negro. El gato era tan bello y pequeño como una linda corneja chica de los bosques. Tenía ojos adorables. A decir verdad, se parecía más bien a un grajo de los sembrados porque su hocico estaba manchado de blanco. El Hermano Lucius se apuraba en haber terminado su jornada, en haber acabado su copia, en dejar el scriptorium cuyas sedes sin embargo estaban calefaccionadas con pequeños hornillos de brasas donde los monjes apoyaban sus pies y donde el calor se acumulaba bajo sus ropas. Pero poco importa el calor: Frater Lucius estaba apurado por volver a su celda y abrir el batiente de madera de su ventana para que apareciera y saltara y hundiera su hocico helado en el hueco de su cuello. No tenía en la cabeza nada más que a su gato. Sólo soñaba con sus caricias, caricias a su vez tan ávidas de caricias, y con sus murmullos tibios, ronquidos, gritos atenuados, ronroneos, siseos, pequeñas lamida rasposas, ojos que se guiñan en el consentimiento y que se cierran a medias en el reposo y en la ternura.
Frater Lucius no tenía en la mente más que su miradita seductora y su naricita conmovedora.
Apenas cerraba detrás de sí la puerta de su celda, se sacaba su capucha. Una vez quitada la capucha, tiraba el postigo de madera y ya el gato estaba saltando sobre su hombro y tocaba con su pata su mejilla como si lo acariciara.
Ni siquiera era necesario que susurrara su nombre en la noche sobre todos los techos del monasterio. El gato saltaba sobre su hombro y ya ronroneaba.
Se acostaban los dos sobre su jergón de paja cubierto de pieles y dormían juntos.
El hermano hundía la cara en su pelaje. Respiraba con dificultad pero le parecía que revivía. Hablaban juntos. Eran felices. Se amaban.


8. La abadía que restauró Angilbert

Cuando el emperador le ofreció la fuente de San Marcoul, el capitel de piedras secas y reunidas sin junturas que la remataba, la vieja ermita de San Riquier, el rey chamán, que había sido erigida a su lado, y por último las construcciones más recientes de la abadía que los rodeaban, al conde y abad (abbas et comes) Angilbert, le otorgó unas dependencias hasta la orilla del mar antes de Quentovic. Era en los años 790. Harun al-Rachid ya era el califa de la gran ciudad de Bagdad. Carlomagno todavía no era emperador. Nadie en el mundo lo llamaba aún Carolus Magnus, ni Carlos el Magno, ni Karel der Grosse. El joven rey de los francos no quiso como yerno al conde que tenía en sus manos el ducado de la Francia marítima. Deseó enseguida reintegrar a Berthe a su corte. Amaba a Berthe más que a ninguna de las otras princesas y aun más que a sus esposas. Lo que al conde Angilbert se le ocurrió decirle a la princesa Berthe cuando, al transmitir el pedido que le había hecho su padre, lo rechazó para siempre, fue lo siguiente:
–Es posible que las mujeres y los hombres no conozcan dos veces el deseo. No estoy convencido de ello, ni para las mujeres, ni para los hombres, pero es algo posible. Los peces a los que llamamos salmones mueren justo en el instante en que experimentan el goce cuando es la primera vez de sus vidas en que lo encuentran. En el instante en que sus cuerpos y sus aletas se mezclan con la fuente de los montes donde fueron concebidos, sus viejos cuerpos impregnados de semen, todavía temblando en la voluptuosidad, mueren. Usted señaló que me pasó algo comparable entre las madreselvas, cuando nos encontramos a la sombra de los densos racimos de glicinas azules que nos ocultaban de la vista de los otros miembros de la corte. Nuestros cuerpos temblaban en la felicidad exactamente como lo hacen los animales cuando tienen miedo. A veces se grita en el último instante, cuando el alma se escapa, como se grita cuando se nace, mientras el cuerpo descubre la luz del sol. Y sucede que gritemos en el placer, cuando el agua que contenemos de pronto se derrama. Es posible, en efecto, que no aprendamos demasiadas cosas al vivir. Por el momento, su padre solicitó que no nos tocásemos más. En lo que me concierne, ese príncipe es un amigo y yo soy un compañero leal. En cuanto a usted, es su padre y usted es una hija dichosa y amorosa. Él tiene bastante con sus hijos y los hijos de sus hijos y teme por la sucesión del inmenso reino que tiene impacientemente la voluntad de aumentar. Usted va a unirse a la corte palatina de sus mujeres en Aix. Nuestros cuerpos ya no temblarán ni de felicidad ni de temor. Cuidaré de nuestros hijos y los trescientos monjes que he reunido en mi abadía los instruirán con tanta solicitud e incluso con más diligencia que todos los otros duques de la tierra. Las mujeres que trabajan en los hornos, que lavan, que secan la ropa blanca, que cultivan, que plantan, que cosechan en el terreno rectangular, los querrán.
La princesa Berehta le respondió al conde Angilbert convertido en padre abad de la abadía de Saint-Riquier:
–Nosotras, mujeres, nuestra vida no es feliz. El tiempo en que somos mujeres es demasiado breve. Somos demasiado tiempo niñas, seguimos siendo mujeres tan pocas temporadas, somos demasiado rápido madres, perdemos una extensión interminable de tiempo en hacernos viejas y en quedar, con un pie en el aire, todas empolvadas, dudando en naufragar en el océano de la muerte. Además, el ciclo de nuestra fecundidad está desagradablemente medido si lo comparamos con la duración de nuestra existencia. Los cuidados que requieren los pequeños que salen de nuestro sexo son repetitivos y groseros. Por eso pienso esto: El tiempo de las madres y de las abuelas es demasiado extenso a tal punto que se torna molesto y casi repulsivo. En este sentido, no estoy descontenta de volver a la compañía de mi padre, a la edad en la que estoy. Amigo mío, consérveme su servicio puesto que ya no quiere acostarse cerca de mi carne, puesto que ya no quiere llevar su boca a mi pecho y chuparlo un poco, vaciado, al caer la noche, puesto que ya no quiere entonar su gemido en el hueco de mi hombro. Pero ahora voy a decir lo que creo que es lo peor. Lo más terrible que hay en la existencia que tienen las mujeres es que amamos a los hombres mientras nos desean. Cada una de nosotras se entrega por completo a uno de ellos mientras que ellos olvidan que están en nuestros brazos inmediatamente después de que nos penetraron y corren a comunicar por todas partes lo que no saben nunca. 


9. La escena del baño en el gran salón

Hartnid tomaba su baño en su bañera de madera en el gran salón colmado de penumbra. Oyó una voz de mujer a sus espaldas.
–¡Cierra los ojos cuando te toque!
Hartnid cerró los ojos y respondió a la voz:
–Hice lo que me pediste. Tengo mis dos párpados bajos. Haz lo que te dispones a hacer.
Entonces la mujer que se llamaba Wicklow lo agarró de los hombros y entró en la bañera.
Él abrió los ojos. La miró. Ella era muy hermosa. Le dijo:
–Ya no tendré que cerrar los ojos cuando te acerques a mí.
–Por desgracia.
–Serás mi única mujer. Eres tan hermosa. Eres la primera mujer que descubro desnuda. Aun de aquella cuyo rostro busco, no imagino su desnudez. Serás la única de la que tendré la plena e indecente apariencia y la colocaré cerca del retrato que se fijó no sé por qué, antes, en mi corazón.
La mujer pareció triste.
Ella dijo:
–Ya no habrá más que los sueños que puedan darle su auxilio a la vida.
Después la mujer mostró con el dedo el borde de la bañera.
–¿Qué es este pájaro sobre el círculo de cobre?
–Es mi arrendajo.


10. La derrota de Abd ar Rahman el Ghafiki

¿A qué llamamos horror? Una sensación de espanto que causa el miedo súbitamente en todo el cuerpo, de los pies a la cabeza, que eriza la piel o para los pelos, que incluso quita el sueño. O bien que llega a interrumpirlo y es como un arrebato que captura, que aprieta la garganta como un lazo, cubre de sudor el vientre, empapa el surco que separa las nalgas. Ninguna lágrima se vierte en el horror. Provoca el deseo irresistible de escapar lo más rápido posible en la mayoría de los animales salvajes que están todos dotados de una extraordinaria presciencia. En el mismo momento dos ataques se asociaron y estrangularon a Europa como colmillos. Una invasión progresiva, sabia, sutil, piadosa al sur, una invasión brutal, bárbara, codiciosa, violenta al norte. Una, que se volvió punzante y que cantaba admirablemente acompañándose de violas, la otra, que era esporádica y que incendiaba todo, apresaron al continente en su morsa, sin que ni una ni la otra se hubiesen concertado. En 698, únicamente Cartago, que resultaba ser el más bello puerto que reinaba entonces en el mar Mediterráneo, no había caído en manos de los árabes. En 711, el mar fue completamente conquistado. En todo el contorno del mar interior se edificaron torres sarracenas a lo largo de las costas y se “erizaron” como otras tantas lanzas. El Imperio oriental bizantino, replegado en el mar de Mármara, ya no tuvo relación directa con la parte occidental del antiguo imperio. Los puertos de Provenza se vaciaron. Las barcas de pesca, los botes, las redes sustituyeron a los navíos que achicaron, a las galeras que acortaron, a las largas barcazas de comerciantes que miniaturizaron hasta el punto de convertirlas en ferrys o incluso en góndolas. Las sedas y las especias provenientes del Extremo Oriente transitaron a lomo de burro por las rutas de Italia. Daban vueltas en los desfiladeros de los Alpes. Les resultaba difícil llegar de la India, de las mesetas de Mongolia, de los picos del Himalaya, de los inmensos ríos de China.
Después de que el mar cayera íntegramente en su poder, los árabes penetraron en el interior de los territorios.
Tras haberse convertido en los amos del valle del Ródano, sometieron la Borgoña. Sitiaron la ciudad de Autun en 725. En 731 asediaron la antigua ciudad de Sens, donde finalmente fueron rechazados por el arzobispo que se había refugiado en su isla y que los atacó a través del gueto de los judíos que daba al puerto, en el brazo oriental del río navegable. En 732, Carlos Martel logró reunirse con el duque Eudes y juntaron sus tropas.
Fue entonces cuando Abd ar Rahman el Ghafiki perdió la gran batalla que tuvo lugar en las puertas de Poitiers.
En 733 las tropas de los árabes de España perdieron Lyon.
Sólo la aristocracia marsellesa, que se había aliado a los sarracenos contra los francos, permaneció decididamente mahometana.


11. El concilio de Verneuil-sur-Avre

De pronto, un día, en 755, en Verneuil-sur-Avre, el rey de los francos Pipino decidió posponer la guerra de marzo a mayo.
Se reunió un concilio, que transformó la guerra por mil años en el territorio de Europa.
Entre los antiguos romanos, las dos puertas de la guerra se abrían en marzo y se volvían a cerrar con los aguaceros y los barriales y las hojas secas y rojas del otoño. Los dos batientes de la puerta se decían, en la lengua que hablaban los antiguos guerreros de Etruria, “janua”.
Januarius deus patuleius et clusius. (Enero dios de la puerta que se abre y que se cierra.)
Las Puertas de Enero mostraban el enigmático y doble rostro de un viejo (senex) mirando hacia el oeste y de un niño (puer) mirando hacia el este, que remataba la piedra del año Bifrons, cuando se ejecutaba al rey del año anterior, de largos cabellos blancos, colgado de la rama de un roble, y se lo despojaba de su piel.
Súbitamente nacía, maravillosamente, el año nuevo con las primeras flores.
“Ia” en la palabra romana “iannus” expresaba lo que se va, el ejército que se levanta, la partida de los caballos, los tintineos de las armas en la primera luz del año.

Así, en 755, los obispos se reunieron en la corte de Pipino, en la antigua ciudad construida en la orilla del Iton y rodeada por el Avre. Promulgaron que, en ese caso, dado que se adherían de buen grado a la opinión del soberano de los jefes (duques) de las tribus francas, en adelante habría dos asambleas (concilia) todos los “años” en la inmensa extensión donde los francos cabalgaban. Una en mayo, en presencia del rey y de las tropas de sus guerreros para la revista antes de la guerra y la reunión de todos ante todos. Otra en octubre, que estaría consagrada a la administración del reino, en presencia de la casa del rey, de los jefes que comandaban las tribus francas, de los padres que regían las abadías, de los obispos que gobernaban las diócesis.
Resulta pues que en primavera la solidaridad de los vassi se concentraría en torno al rey. Resulta pues que en otoño serían dispersados los missi. De tal modo, las grandes circunscripciones eclesiásticas serían inspeccionadas unas tras otras y el impuesto sería recaudado anualmente. Fue así que el vasallaje dentro de cada provincia y las misiones en todo el territorio del imperio se equilibraron. Pero los pasos, las riberas, las playas, las provincias del imperio eran cada vez más perturbados, saqueados, incendiados, extorsionados. Las incursiones terribles e imprevisibles de los normandos venían a reemplazar los pillajes de los árabes y amplificaban la devastación de todas las costas, en todos los ríos, en todos los mares, en todos los confines, incluso en las montañas.


12. Lo que llamaban el Día del Oso

Un día, antiguamente, un pequeño pueblo encaramado en el Alto Vallespir organizó un “Dia de l’Ós”. Era un rito que tenía lugar al terminar el invierno, entre los desfiladeros y los picos de las montañas escarpadas de los Pirineos. En la época se llamaba “Día del Oso” a una “fiesta al revés” que se remontaba a los primeros hombres que habían vivido allí mucho tiempo antes de que los vascos –que venían de Siberia– los persiguieran y trataran de aniquilarlos. A esos hombres antiguos les gustaba embriagarse con caldo de hongos. Penetraban con antorchas en las cuevas. Pintaban las paredes de las cavernas con las cenizas que quedaban de sus fogatas. Los hombres jóvenes del pueblo, luego de haberse desnudado por completo, se ennegrecían la piel, los cabellos y los vellos púbicos con ese hollín que previamente habían mezclado con grasa. Se revestían con despojos despedazados de corderos luego de haberlos dado vuelta y cubrirlos de sangre. Armados de largos palos, los “osos” procuraban bajar de las alturas de la montaña hacia las pasturas, los apriscos, los manantiales, los establos, los caseríos, mientras que unos “cazadores” trataban de rechazarlos. Los “osos” capturaban a las muchachas a las que embadurnaban con su sangre y con su hollín negro y pugnaban por llevarlas contra su voluntad a sus cavernas donde las violaban y las fecundaban. Una vez saciados y dormidos los “osos”, los “barberos” disfrazados, vestidos de blanco, entraban en las cuevas donde los animales habían realizado su “carnicería” y lograban capturarlos. Les ponían cadenas y los llevaban abajo, con los tobillos y las muñecas atados, hasta el pueblo. A partir de entonces, con una doble hacha de sílex, los afeitaban íntegramente (cabellos, pelos de los brazos, vello del torso, matas bajo las axilas, matojo de pelos que rodea el escroto y el pene). Después las mujeres arrojaban sobre ellos grandes baldes de agua y las fieras volvían a ser hombres. Aquel día Lucía fue concebida de Ansiera violada por el conde de Vannes y el prefecto de Bretaña, que se llamaba Hruodlandus (Roland), en el año 777, en el mes de mayo, mientras cruzaban los pasos de montaña. Más adelante, Lucía tuvo una hija y la niña tenía los ojos tan azules que la llamaron Lucilla.


13. El origen del Somme

El primer color que se forma en la retina de todos los hombres, en el ojo del recién nacido, es el azul.
Ese color es azul como el mar que antecede a la tierra.
Azul como el mismo cielo, que los antecede a ambos.
Durante un largo tiempo el Somme no era más que un arroyito tan pequeño como el arroyo que brotaba de las fuentes revitalizantes de San Marcoul.
Sar era la chamán que tenía en su poder la bahía que abría el Somme en el mar del Norte. Y sus ojos de vidente eran tan azules como lo son los ojos de los niños recién nacidos. Una noche, en el fondo de sí misma, oyó a lo lejos a los islandeses que llegaban en su barco. Entre los francos, sólo las mujeres tenían el don de la doble visión, porque sólo las mujeres, según decían, son en el origen tanto hombres como mujeres, es decir, tanto niños como viejos, es decir, tanto fantasías como fantasmas.
Sar veía todo lo que iba a pasar como si ya hubiera ocurrido. Era su don. Los francos decían:
–Ella lo ve todo. Ella puede distinguir un cabello blanco que cayó sobre el manto de nieve. Y si lo toma entre sus dedos, puede distinguir uno de esos copos de nieve una vez que ha sido depositado con el pelito dentro de un tazón de leche.
Sus ojos eran azules exactamente como lo son las piedras de los corindones y los zafiros.
Todo el mundo los señalaba, los admiraba, y cada cual decía:
–¡Qué azules son sus ojos!
Hartnid decía:
–Son los más bellos ojos del mundo. Son tan azules como el cielo después de la tormenta, cuando es puro, y se refleja en el mar, cuando está en calma.
Los ojos de la chamán lo embelesaban.
Aunque bruscamente, en determinados momentos, sus ojos se volvían inmóviles y fríos y grises como el granito y ella veía a las tropas enemigas a varios años de distancia.
Ella decía:
–Dentro de tres años, el enemigo que viene del norte desembarcará. Lloverá. El río estará crecido y ustedes se quedarán inmóviles, sentados en el dique contemplando el agua que sube hasta sus rodillas y entonces, o bien caerán en la muerte bajo sus golpes, o bien se convertirán en sus esclavos.
Sar la Chamán provocaba la risa de los pescadores y los cazadores y los caldereros y los guerreros del Somme al advertir con demasiado tiempo de anticipación lo que iba a ocurrir. Nunca se sabía cuándo surgiría el futuro que ella adivinaba. Era una profetisa que veía demasiado lejos. Entonces, cuando los acontecimientos sobrevenían, los francos habían olvidado la profecía que antaño ella había pronunciado.
Además, suscitaba la protesta de los más ancianos porque los impulsaba a tomar precauciones que siempre se mostraban completamente inútiles.
Un día de lluvia, un día en que el pequeño río ante sus ojos, mientras estaban todos sentados sobre el dique, se desbordaba, los nórdicos, que venían de la isla de Islandia, los atacaron. Mataron a la mayoría de los hombres que trataron de defenderse. Redujeron a la esclavitud a los niños, las mujeres, los hombres mayores y gastados y amarillentos y seniles. Los vikings les preguntaron a los francos:
–¿No tienen entonces una chamán que les pronostique sus desgracias?
Fue entonces cuando los vencidos les relataron la profecía de Sar. Ahora recordaban que todo lo que había descripto tres años antes, con el más minucioso detalle, era lo que había pasado: la lluvia, el río que desbordaba, las rodillas que se empapaban, la sorpresa, etc. Entonces los nordmann preguntaron dónde vivía Sar. Uno de los francos que habían sido hechos prisioneros les indicó, bajo la tortura, a los jóvenes marinos islandeses dónde había escogido la chamán su cueva en el acantilado. Los normandos treparon la ladera; espantaron a las gaviotas; entraron en la caverna; espantaron a los murciélagos; la agarraron de los brazos; le reventaron los ojos; sus pupilas muy azules fluyeron sin parar. Fue así como se creó el Somme que desde entonces avanza su oleaje sin fin hacia el mar del Norte y se remonta hasta el puerto de Londres.    


14. El rostro

Una tarde, un bote bajó por el río. El remero hizo atracar el casco negro en las pequeñas hojas romboides y amarillas de los grandes sauces de Hagus el barquero. Un joven muy esbelto, muy bello, que tenía los gestos de un ángel, saltó sobre la orilla, le hizo una seña a alguien que no se vio.
El bote volvió a partir en silencio.
Los dos hombres siguieron la costa.

Pronto el primero fue conocido por todo el mundo. Sabían que se llamaba Hartnid y que estaba buscando algo. Buscaba un rostro. Tenía una cajita esmaltada dentro de su camisa. La abría. Mostraba un rostro que había sido pintado en una isla de Escocia y preguntaba: “¿Han visto este rostro?” Se trataba de la cara de una mujer que no era especialmente bella pero que tenía un aspecto extremadamente dulce. El hombre se llamaba Hartnid y a veces un arrendajo de grandes plumas azules acudía a posarse sobre su hombro. 





En Las lágrimas, I
Título original: Les Larmes
Traducción: Silvio Mattoni
Buenos Aires, El cuento de plata, 2017





Fotos: Pascal Quignard 1986 © Patrick Zachmann/Magnum Photos
Silvio Mattoni (foto original sin atribución vía)


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